Okiku, la muñeca embrujada que hace crecer su cabello humano
En algún punto entre lo humano y lo inanimado se encuentra una frontera inquietante. Las muñecas, concebidas como juguetes o símbolos de ternura, han habitado siempre ese territorio ambiguo. Nos seducen con su apariencia inocente, pero basta una mirada más larga para sentir un ligero escalofrío. Sus ojos, fijos y vacíos, parecen observarnos; sus rostros inmóviles parecen guardar secretos; su silencio, demasiado denso, se vuelve sospechoso.
Quizá sea por eso que el miedo a las muñecas, conocido como pediophobia, ha persistido durante generaciones y que la cultura popular lo haya explotado con figuras como Chucky o Annabelle. Sin embargo, lo que en Occidente suele pertenecer a la ficción, en Japón se encarna en una historia real, tan perturbadora como fascinante: la de Okiku, la muñeca embrujada que hace crecer su cabello humano.
La historia comienza en 1918, en la ciudad de Sapporo. Un joven de diecisiete años llamado Eikichi Suzuki visitaba una exposición marítima cuando quedó cautivado por una muñeca de porcelana. Medía unos cuarenta centímetros, vestía un kimono elegante y lucía un corte de cabello recto, conocido en Japón como okappa. Pensó en su pequeña hermana, una niña de dos años llamada Okiku, y decidió comprarla como recuerdo de su viaje.




