Los enemigos de Tutankamón: el poder que rodeaba al faraón niño

Tutankamón murió siendo todavía muy joven, pero su muerte no significó únicamente el final de la vida de un faraón. Con él desaparecía una pieza fundamental de una de las etapas más turbulentas de la historia egipcia. Había llegado al trono cuando apenas era un niño, después de que su padre, Akenatón, hubiera alterado profundamente las estructuras religiosas y políticas del país. A su alrededor se encontraban hombres que tenían décadas más de experiencia, funcionarios que habían sobrevivido a la revolución de Amarna, sacerdotes que recuperaban privilegios perdidos y militares que buscaban devolver a Egipto parte de la influencia que había perdido en el exterior. Tutankamón era el rey, pero difícilmente podía ejercer por sí solo todo el poder que representaba la corona. Y precisamente por eso, cuando murió sin un heredero varón que pudiera continuar su línea, comenzó una de las transiciones más interesantes y menos comprendidas del final de la XVIII Dinastía.
La pregunta sobre quiénes fueron los enemigos de Tutankamón ha alimentado durante décadas libros, documentales y teorías de conspiración. Algunas historias han señalado a sacerdotes, generales e incluso a miembros de su propia familia como posibles responsables de su muerte. Sin embargo, la evidencia arqueológica no permite afirmar que existiera un complot para asesinarlo. Lo que sí permite reconstruir es algo quizá más inquietante: Tutankamón gobernó rodeado de hombres extraordinariamente poderosos y murió en un momento en el que el futuro político de Egipto estaba abierto. Dos de esos hombres, Ay y Horemheb, terminarían ocupando el trono después de él. El primero inmediatamente después de su muerte; el segundo unos años más tarde. Ninguno puede ser presentado honestamente como asesino de Tutankamón, pero ambos son indispensables para entender lo que ocurrió cuando el joven faraón desapareció.
Un niño en el centro de una revolución
Cuando Tutankamón llegó al trono, Egipto estaba intentando recomponerse de una transformación que había afectado prácticamente todos los niveles de la sociedad. Akenatón había desplazado el centro religioso del Estado hacia Atón, el disco solar, y había reducido drásticamente la importancia de los cultos tradicionales, especialmente el de Amón. La antigua capital religiosa de Tebas había perdido protagonismo y la corte se había trasladado a una ciudad nueva, Aketatón, la actual Amarna. No se trataba simplemente de que un faraón hubiera preferido una divinidad sobre otra. En Egipto, los grandes templos eran instituciones económicas y políticas de enorme importancia, de modo que modificar el sistema religioso significaba también alterar el reparto del poder y de los recursos.
Tutankamón heredó las consecuencias de aquella transformación cuando todavía no tenía edad para comprender completamente su alcance. Había nacido en el seno de la propia familia que había provocado la revolución y, sin embargo, su reinado quedó asociado a la restauración del orden anterior. Su nombre original era Tutankatón, una referencia directa al dios Atón. Durante los primeros años de su reinado fue cambiado por Tutankamón, incorporando el nombre de Amón y marcando simbólicamente el regreso de la antigua tradición religiosa. Las representaciones oficiales también comenzaron a mostrar nuevamente al faraón junto a las divinidades tradicionales. El Museo Metropolitano de Arte señala precisamente este cambio de nombre como una de las expresiones más claras del retorno al culto de Amón y al sistema religioso anterior a Akenatón. (The Metropolitan Museum of Art)
La restauración no fue solamente simbólica. El reinado de Tutankamón procuró reparar templos y devolver prestigio a cultos que habían sido desplazados durante el período de Amarna. El joven rey se convirtió, de esta manera, en el rostro de una restauración política que probablemente fue dirigida en buena medida por adultos que ocupaban los principales puestos de la administración. No resulta difícil comprender por qué: un faraón de aproximadamente nueve años podía ser la máxima autoridad religiosa y política del país, pero necesitaba a su alrededor una estructura de funcionarios capaces de gobernar en su nombre.
Entre ellos sobresalían dos hombres.
Uno era Ay, un alto funcionario con una larga trayectoria dentro de la corte. El otro era Horemheb, comandante del ejército y una de las figuras más importantes del aparato estatal. El Metropolitan Museum lo describe como comandante del ejército y administrador durante el período de Tutankamón y Ay, y destaca la enorme influencia que llegó a ejercer mientras el joven rey estaba en el trono.
Es aquí donde la historia comienza a adquirir un carácter mucho más político.
Ay, el hombre que heredó la corona
Ay no apareció de repente cuando murió Tutankamón. Ya era una figura importante antes de que el joven faraón falleciera. Su trayectoria se remontaba al turbulento período de Amarna y había logrado conservar una posición privilegiada a pesar de los cambios radicales que habían sacudido la corte. Cuando Tutankamón llegó al trono, Ay se encontraba entre los hombres que podían ejercer una influencia considerable sobre el gobierno.
Su cercanía al faraón queda reflejada también en la propia tumba de Tutankamón. Una de las escenas más significativas representa a Ay realizando el ritual funerario conocido como la apertura de la boca. La escena adquiere especial importancia cuando se observa lo que sucedió inmediatamente después: Tutankamón murió y Ay ocupó el trono.
La coincidencia ha sido suficiente para alimentar sospechas durante generaciones. Pero una coincidencia política no constituye una prueba de asesinato. No conocemos ningún documento antiguo que diga que Ay ordenó matar a Tutankamón, ni existe una evidencia arqueológica que permita sostener esa acusación. Lo que sí sabemos es que Ay estaba en una posición excepcional cuando murió el faraón y que fue capaz de asumir la corona en un momento de enorme incertidumbre sucesoria.
La muerte de Tutankamón había creado un problema que no podía resolverse simplemente con un funeral. El joven rey no había dejado un hijo varón que pudiera sucederlo directamente y, con él, la línea inmediata de sucesión quedó prácticamente agotada. En ese contexto, Ay tenía algo que los demás no podían ignorar: experiencia, conexiones dentro de la corte y acceso al aparato de poder.
Su ascenso fue, por tanto, extraordinariamente oportuno.
Pero había otro hombre que no podía quedar fuera de esta historia.

Horemheb y el poder del ejército
Horemheb es probablemente el personaje que más ha alimentado la imaginación moderna cuando se habla de los posibles enemigos de Tutankamón. No porque exista evidencia de que conspirara contra el joven rey, sino porque su trayectoria posterior resulta difícil de ignorar. Durante el reinado de Tutankamón era comandante del ejército y un funcionario de primer nivel. Su posición lo convertía en uno de los hombres más poderosos de Egipto sin necesidad de llevar todavía la corona.
Una estatua conservada en el Metropolitan Museum muestra precisamente a Horemheb antes de convertirse en faraón, cuando todavía era un alto funcionario y comandante. El museo señala que posteriormente, tras la muerte de Ay, Horemheb ascendió al trono. (The Metropolitan Museum of Art)
La diferencia entre Ay y Horemheb es significativa. Ay pertenecía al núcleo de la administración y la corte; Horemheb representaba el enorme peso político del ejército. Ambos podían aspirar a desempeñar un papel decisivo en el futuro del país, aunque no tenemos pruebas de que durante la vida de Tutankamón fueran enemigos declarados ni de que conspiraran juntos o por separado contra él.
Lo verdaderamente revelador ocurrió después.
Cuando Horemheb finalmente se convirtió en faraón, emprendió un proceso de reconstrucción de la memoria oficial de Egipto. El período de Amarna debía quedar atrás y los soberanos asociados con aquella revolución religiosa fueron progresivamente excluidos de la narrativa oficial. Tutankamón, pese a haber restaurado los cultos tradicionales, quedó también atrapado dentro de ese proceso de eliminación.
Los monumentos ofrecen una evidencia particularmente poderosa. El British Museum conserva una estatua de Tutankamón cuyo nombre fue posteriormente usurpado por Horemheb. La inscripción original del joven rey todavía permite identificar al propietario inicial, mientras que elementos posteriores fueron modificados para asociar el monumento con el nuevo faraón. El propio museo señala que la usurpación de monumentos de Tutankamón por parte de Horemheb está especialmente bien documentada. (British Museum)
Eso no demuestra que Horemheb hubiera querido eliminar físicamente a Tutankamón. Pero sí demuestra algo que a veces resulta mucho más interesante que una conspiración: Horemheb tuvo interés en controlar la memoria de aquellos que habían gobernado antes que él.
Los sacerdotes de Amón no eran exactamente sus enemigos
Existe otra idea muy extendida que necesita ser revisada: la de que Tutankamón estaba enfrentado con los sacerdotes de Amón.
A primera vista podría parecer lógico. Akenatón había atacado el poder de los cultos tradicionales y, después de su muerte, Tutankamón comenzó a restaurarlos. Sin embargo, el resultado político de esa restauración favoreció precisamente a aquellos sectores religiosos que habían sido debilitados durante el período de Amarna.
Tutankamón recuperó la importancia de Amón. Los antiguos cultos volvieron a recibir apoyo oficial y los templos recuperaron parte de su posición. Por ello, presentar al clero de Amón como un grupo que simplemente quería deshacerse del joven rey no encaja bien con la evidencia disponible.
La realidad parece haber sido más compleja. Los sacerdotes necesitaban la restauración de la religión tradicional, y Tutankamón era precisamente el faraón que estaba llevando a cabo esa restauración. El joven rey podía ser útil para ellos y, al mismo tiempo, podía depender de quienes administraban las instituciones que estaban siendo reconstruidas.
La cuestión, entonces, deja de ser quién odiaba a Tutankamón y pasa a ser otra mucho más interesante: ¿quién controlaba realmente el Estado mientras el faraón todavía era un niño?
La muerte que convirtió al faraón en un misterio
Tutankamón murió aproximadamente a los dieciocho o diecinueve años. Su muerte prematura fue inesperada y dejó un vacío político que debía resolverse con rapidez. Durante el siglo XX, distintas investigaciones llegaron a plantear que había sido asesinado, entre otras posibilidades por un golpe en la cabeza, envenenamiento o un accidente.
Sin embargo, las investigaciones científicas posteriores han hecho que la historia sea mucho menos sencilla. Un estudio publicado en JAMA encontró evidencia molecular compatible con infección por Plasmodium falciparum en la momia de Tutankamón y propuso que la malaria, combinada con otros problemas de salud, pudo haber contribuido a su muerte. El mismo estudio señaló que Tutankamón presentaba múltiples trastornos y que una lesión en la pierna pudo haber agravado considerablemente su estado.
Eso tampoco constituye una respuesta definitiva. Otros investigadores han cuestionado hasta qué punto la malaria pudo explicar por sí sola la muerte de un joven de su edad. Una revisión publicada en JAMA poco después señaló precisamente que la presencia de material genético del parásito demuestra infección, pero no necesariamente que esa infección fuera la causa principal de la muerte. (JAMA Network)
Esta incertidumbre es importante porque nos devuelve al punto de partida. Sabemos que Tutankamón murió joven; no sabemos con certeza por qué murió. El British Museum mantiene actualmente que la causa exacta de su muerte continúa siendo desconocida y menciona entre las posibilidades las lesiones, una enfermedad infecciosa o congénita y un posible accidente. (British Museum)
Por eso no sería responsable convertir a Ay o Horemheb en asesinos sobre la base de que ambos terminaron beneficiándose políticamente de la desaparición del faraón. El beneficio posterior puede resultar sospechoso, pero no es una prueba.
Y precisamente ahí reside la diferencia entre una buena historia y una buena teoría de conspiración.
El hombre que borró al faraón
Existe, sin embargo, un hecho que resulta mucho más difícil de discutir: después de la muerte de Tutankamón, su memoria comenzó a desaparecer.
Horemheb desempeñó un papel fundamental en ese proceso. Su gobierno buscó restablecer una continuidad histórica que dejara atrás el período de Amarna. Los faraones asociados con aquella época fueron progresivamente excluidos de las listas reales y sus nombres desaparecieron de numerosos monumentos. Incluso Tutankamón, que había ayudado a restaurar los antiguos cultos, terminó siendo víctima de esa reorganización de la memoria.

El British Museum señala que una estatua originalmente realizada para Tutankamón fue reutilizada por Horemheb, quien añadió su propio nombre e inscripción. También explica que el joven rey fue omitido de determinadas listas de reyes y que el proceso de borrar su memoria ya estaba en marcha durante el reinado de Horemheb. (British Museum)
La ironía histórica es extraordinaria. Tutankamón terminó siendo uno de los faraones más famosos del mundo moderno precisamente porque su tumba sobrevivió. Sin embargo, en la antigüedad, su memoria estuvo a punto de desaparecer.
Si Howard Carter no hubiera encontrado su tumba en 1922, probablemente hoy conoceríamos mucho menos sobre él. No habría máscara funeraria en nuestra imaginación colectiva, ni fotografías de sus tesoros, ni una fascinación mundial por el faraón niño.
Su fama moderna nació, paradójicamente, de aquello que sus sucesores no pudieron destruir.
Entonces, ¿quiénes fueron realmente sus enemigos?
La respuesta más honesta es que no podemos señalar a un hombre y decir: “Este fue el enemigo de Tutankamón”. No existe una evidencia suficiente para hacerlo. Akenatón había dejado un país profundamente transformado; Tutankamón llegó al trono siendo un niño; Ay y Horemheb concentraban una enorme influencia; el ejército tenía intereses propios y la restauración religiosa estaba modificando nuevamente el equilibrio de poder.
En ese escenario, Tutankamón podía ser simultáneamente el símbolo de la continuidad de la monarquía y una figura cuya autoridad personal todavía no estaba completamente formada.

Tal vez el mayor error sea imaginarlo como un faraón adulto rodeado de conspiradores. La realidad probablemente fue más sutil. Tutankamón era un rey legítimo, pero su juventud hacía inevitable que otros hombres ejercieran una influencia extraordinaria sobre el gobierno. Cuando murió, aquellos hombres ya estaban preparados para ocupar el espacio que había dejado.
Ay tomó primero la corona.
Horemheb la tomaría después.
Y ambos sobrevivieron a Tutankamón.
Eso es un hecho.
Lo que no sabemos es si alguno de ellos deseaba que esa supervivencia ocurriera antes de tiempo.
La arqueología todavía no puede responderlo.
Y quizá nunca pueda.
Lo que sí puede mostrarnos es algo que resulta incluso más fascinante: el joven faraón no desapareció solamente porque murió. Desapareció también porque quienes gobernaron después de él tuvieron el poder de decidir qué partes de su pasado merecían ser recordadas.
Durante más de tres mil años, ese proceso funcionó.
Hasta que una tumba escondida en el Valle de los Reyes volvió a abrir la historia.
Y dentro de ella, intacto entre miles de objetos, esperaba el rostro de un rey que sus sucesores habían intentado convertir en un recuerdo menor.
Tutankamón había perdido el trono, había perdido su dinastía y casi había perdido su lugar en la historia.
Pero no había perdido su tumba.
Y esa diferencia fue suficiente para que, tres milenios después, el mundo volviera a pronunciar su nombre.






Al muchacho le borraron el nombre para matarle el recuerdo. Se acomodaron los viejos en su trono, oportunos. Pero qué torpes para el olvido: al esconderlo en la penumbra, la sombra terminó protegiéndolo del tiempo. Hoy, de aquellos reyes no queda nada; el olvidado es el único que vive.
Para él , su muerte no fue el fin de su vida, fue el registro de su verdadera historia , la que muchos intentaron borrar