El idioma que murió dos veces
La historia del dálmata
No murió en una guerra ni fue borrado por una conquista. El último hablante del dálmata murió en una explosión. Tenía sesenta y siete años, sabía que era el último y llevaba décadas intentando que alguien lo escuchara.
En 1898, en la pequeña isla de Krk en el Adriático croata, un hombre llamado Antonio Udina murió en la explosión de un polvorín. Tenía sesenta y siete años. Era pescador. Era también, sin que casi nadie lo supiera en ese momento, la última persona en el mundo que hablaba dálmata como lengua materna. Con él murió un idioma que había sobrevivido más de mil años, que había visto pasar a romanos, ostrogodos, venecianos, húngaros y otomanos, y que se había extinguido no en una guerra sino en el silencio lento de una lengua que nadie transmitió a sus hijos.
El dálmata era una lengua romance, descendiente directa del latín vulgar que los soldados y comerciantes romanos llevaron a las costas orientales del Adriático hace dos mil años. Como el italiano, el español o el francés, evolucionó del latín durante siglos de aislamiento geográfico y político. A diferencia de ellos, nunca tuvo el respaldo de un estado, nunca fue lengua de administración ni de cultura escrita, nunca tuvo gramáticas ni diccionarios. Sobrevivió en las bocas de los pescadores y campesinos de una costa dominada sucesivamente por distintos poderes que siempre hablaban otra cosa.
Lo que queda de una lengua muerta
Que sepamos algo del dálmata es casi un accidente de la historia de la lingüística. En la década de 1870, el filólogo italiano Antonio Ive y el lingüista croata-austriaco Matteo Bartoli viajaron a Veglia (la isla de Krk) siguiendo rumores de que allí sobrevivía un anciano que hablaba todavía una lengua que nadie más recordaba. Bartoli llegó a tiempo. Pasó semanas con Antonio Udina, grabando en cuadernos todo lo que el pescador podía recordar: vocabulario, frases, números, fragmentos de canciones. El resultado fue una descripción parcial de un idioma que ya era una ruina: Udina mezclaba sin darse cuenta dálmata con el veneciano y el croata que usaba en su vida cotidiana, y a menudo no podía decir con certeza si una palabra era de uno u otro.
Lo que Bartoli recopiló fue suficiente para establecer los rasgos fundamentales del dálmata. Era claramente romance (compartía la estructura gramatical latina y gran parte del vocabulario con el italiano y el rumano) pero con características propias que no aparecían en ninguna otra lengua de la familia. La palabra para “ojo” era “wainklo”. Para “fuego”, “fuka”. Para “tierra”, “tara”. Había sonidos que el italiano había perdido hace siglos y que el dálmata había conservado en un rincón del Adriático como un insecto en ámbar. Los lingüistas que estudiaron el trabajo de Bartoli después de su publicación en 1906 lo calificaron de extraordinario: por primera vez, una lengua muerta había sido documentada antes de desaparecer del todo, aunque por muy poco margen.
Hay una ironía en la historia de Antonio Udina que los manuales de lingüística raramente mencionan: el hombre sabía perfectamente que era el último hablante. No era un dato que se le hubiera escapado. Había visto morir a sus padres y a sus hermanos, había visto cómo sus hijos crecían sin aprender el dálmata porque para vivir en Krk en la segunda mitad del siglo XIX era mucho más útil hablar veneciano o croata que una lengua que nadie más entendía. No lo transmitió porque no tenía a quién transmitírselo: no porque no quisiera, sino porque la lógica económica y social del lugar y la época hacía que cualquier padre razonable priorizara los idiomas que abrían puertas.
Esa es la historia real de cómo mueren los idiomas. No en conquistas ni en decretos. Mueren cuando los padres, razonablemente y con toda su inteligencia, deciden que sus hijos estarán mejor con otra lengua. El dálmata no fue prohibido. No fue perseguido. Simplemente dejó de ser útil, y nadie puede culpar a Antonio Udina ni a sus hijos por ello. El idioma que murió dos veces primero en el olvido de las generaciones y luego en aquella explosión de 1898 no fue víctima de ningún villano. Fue víctima de la lógica cotidiana de las personas que lo hablaban. ¿Cuántos idiomas están muriendo ahora mismo de exactamente la misma manera, y cuántos lo habrán hecho antes de que alguien llegue a documentarlos?
Referencias
Bartoli, M. (1906). Das Dalmatische. Kaiserliche Akademie der Wissenschaften, Viena.
Crystal, D. (2000). Language Death. Cambridge University Press.
Ive, A. (1886). L’antico dialetto di Veglia. Archivio Glottologico Italiano.
Tagliavini, C. (1972). Le origini delle lingue neolatine. Pàtron Editore.




Evolucionamos y con ello nuestro entorno, quizá algunos idiomas antiguos ya nos son fundamentales para la vida cotidiana; sin embargo es el plasma de alguna comunidad o sociedad que fue avanzando y adoptando otra lengua.
Ahora podemos documentarlo todo, así no perdemos la esencia de esa cultura extinta, debemos aceptar que las cosas cambian y algunas veces radicalmente, mas no que debemos exterminarlas.
:D
No sabía nada sobre este idioma. Gracias por esta interesante historia. Qué bueno que se logró documentar. Gracias por esta historia.